Había decidido tomarse las cosas con calma y disfrutar de cada instante. Un nuevo comienzo mientras otros se encargaban del caso, sus fotos estaban hechas, lo que encontró en ellas, eso, permanecería en su cabeza. Calma, y un nuevo comienzo, al menos instantes de enterrar en lo más profundo de las líneas de pensamiento que golpeaban contra ella. Y pensaba.
Pensaba que la vida era como las elecciones literarias; a veces un viaje tranquilo y apacible sobre la densidad de un inmenso mar, en un día soleado y no muy caluroso. Otras, en cambio, como un temporal que te azota en cada giro, en cada página, en cada instante, en cada tiempo.
Quizá la elección estuviese en saber cuando era la mejor época para salir a navegar.
Adormece el invierno sus ramajes, entramado caótico de sueños reptantes sobre sus troncos humedecidos. Luchan a muerte sus brazos torcidos por abrirse paso entre la maraña de sueños inconclusos, de pesadillas y refugio de moiras. En silencio, pequeños brotes avanzan sin ser vistos por la maleza, elevando la vista hacia un tímido astro sol.
Dejó la cámara sobre la repisa de la estantería, la misma donde dejaba resposar las buenas lecturas, se sirvió una copa de vino, lanzó los zapatos sin demasiado decoro y se recostó en el sofá. El viento aullaba fuera, dentro, se sentía a salvo, segura. La misma seguridad de saber qu había sido una buena cosecha, que tenía material para varios meses y que la investigación comenzaba a dar sus frutos. Había estado en cada una de las escenas, en cada escenario donde aquel ser había dejado su impronta, sabía que en alguno de aquellos disparos estaba la clave, tenía la solución al alcance de un revelado fotográfico. Mañana sería el momento de positivar.
Era como un libro viejo, ajado, intempestivo e inclemente; sesudo y sin sentido. Algunas páginas eran ininteligibles, otras, en cambio, habían
desaparecido para siempre; y sin embargo, era el libro perverso que
acompañaba mi desvelo nocturno desde que se encendió la primera luz azul de mi móvil.
Le gustaba el invierno por ser la mejor excusa para excusarse. Al abrigo del inclemente tiempo podía replegarse y ser antisocial sin sentir culpa alguna. Protegerse tras la ventana que frena la lluvía y acompañarse de una página tras otra, sin contemplaciones, sin distracciones. El invierno era para ella como el respirar, la necsidad de la soledad, de su espacio atesorado por libros, pilas que había ido acumulando como el roedor las semillas en su madriguera, deseosa de dar comienzo a su banquete cultural.
La página uno dío paso a la dos, y por fin era invierno...
Pensaba que ningún crepitar de hojas podía traer algo nefasto. Danzaba entre el manto otoñal tratando de no hacer demasiado ruido en lo que sabía de antemano que era un imposible. Las hojas se quejaban a su paso, lamentos de la crudeza humana en una lastimera forma de denunciar que nunca un animal había sido tan animal como el ser humano. Ella lo sabía, desde hacía tiempo había perdido la fe en el hombre, y sin embargo, allí estaba, en aquel paraje testigo de sus escapadas y fiel amante de sus paseos, paraje que ahora dejaba de ser su santuario para convertirse en escenario de un crimen, otro más, y ya iban tres.
Esperó que la calle quedase desierta para correr la cortina de la última ventana. Si había de limpiar el destrozo, tenía que acercarse a la luz. Solo dos personas conocían el secreto del Nº 1 de la calle del mustio y acababa de restar una a la ecuación.
¿Qué nos queda entonces de los días pasados? Lo que permanece, el aire vacío que ha de volverse a llenar. Y si se ha de llenar de nuevo, que sea al atardecer.
Las hordas custodias planean en los alrededores, los sueños, las ideas, permanecen seguras. Era todo cuanto necesitaba saber antes de dejar atrás aquel lugar.
Era la chica del tocadiscos, de la música sonando en casi cualquier lugar donde fuese, en casi cualquiera menos en sus escapadas a la naturaleza, donde la cámara ensombrecía lo demás.
Música, salvo allí, en la cama de aquel hombre con el que bailaba horizontalmente, aunque quizá fuese el único lugar donde tendría más sentido que sonase la banda sonora de su vida; y sin embargo, no había canción de fondo, ni melodía, solamente en su interior.
Hacía el amor con él aquella noche, y en su cabeza, sonaba in crescendo Joss Stone y su Stuck on you, mientras se dejaba llevar en brazos de un rubio con el que compartió más copas de las debidas horas antes, el impulso le mostraba en fragmentos, como si fuesen aperturas del obturador de su cámara, a otro hombre. La banda sonora de su vida, no era ni cuanto menos normal.
Había cogido el primer tren que salia casi de madrugada. No tenía ningún encargo, y aunque había dicho que tenía trabajo, lo cierto era que el único trabajo que tenía era consigo misma.
Las calles estaban heladas, mostraban las punzantes y hermosas gotas de rocio en las plantas, donde todavía se sentía el influjo de la luna. El tren iba casi vacío y ella, con un libro y la música traqueteaba somnolienta hacía un destino incierto.
La oscuridad fue dando lugar a un hermoso amanecer. El tren; lento y constante, la había adormecido. El tímido sol que acariciaba su mejilla la hizo despertar, libre y viva. Sacó la cámara, esa que estrenaba y que le costaría la ruina, ni siquiera había leido el manual, ni siquiera sabía si sus caricias serían aceptadas. ¿Serían buenas amantes?, quizá con el tiempo.
Pegó su ojo al visor y disparó. Borroso y atrayente. Casi pictórico. No necesitaba nada más que la idea, la forma o la sensación, la nitidez la aburría.
Había llegado a su destino, lucía un sol de invierno y hacía un frio de mil demonios. ¿Qué narices la había llevado allí?
En sus cascos sonaba U2, y se encontraba en el lugar donde escapaba de niña. Cómo diría en otros mundos, las casualidades no existen.
Se sentó a contemplar el manto blanco que se extendía bajo sus pies, y añoró no llevar acompañante para hacer una excelente sesión de fotos. El propósito no era ese, y sin embargo allí estaba, el lienzo en blanco, el dedo en el disparador y ella.
Sonaba Song For Someone y reconocía que aunque podía considerar a U2 como su grupo, no lo había escuchado desde hacía años y ahora ese estribillo la atravesaba como si estuviese desnuda en la alfombra de nieve que se presentaba impoluta, sin una huella que la mancillase. Para ella, solamente para ella.
And there is a light
Don't let it go out
And this is a song
A song for someone...
Como si de una misteriosa galaxia se tratase, aparecía ante ella lo justo para alejarla de sus misterios. Lo justo para recordarle que las estrellas no siempre conducen en la buena dirección, ni siempre brillan desde el punto que pensamos.